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Yo jugaba a ser el ’10’


Por Alfonso Borel.

El reloj pasa despacio la hora. Corren los minutos, ¡qué digo corren!, los miserables caminan, gatean, como que no quieren avanzar, y en la primaria de Santa Julia urge que lleguen las 11 de la mañana; a esa hora el patio del colegio se transforma, la magia blanca brota, las estructuras cambian y el rito de transformarte en el eterno ‘10’ inicia.

La Maestra habla de la metamorfosis. Justo cuando pide la tarea, suena la campana y los latidos se aceleran; llegó el recreo, es hora de jugar. Me pongo la 10, ya no soy Alfonso, soy Cuauhtémoc Blanco, el 10 del América.

Y así eran todos mis días. Y así eran todos los días de los niños americanistas de mi generación. Porque todos quisimos ser Cuauhtémoc, y todos fuimos Blanco cuando la pelota rodaba en nuestras canchas.

Y es que el 10 fue todo lo que quiso. Desfachatado político, pidió un día de descanso en su oficina para ir a echar una cáscara en el patio de su casa, el Azteca, aún cuando el juego fuera en pleno torneo, ante un rival que no tuvo más opción que unirse al banquete.

Todos fuimos los invitados a tu carrera, Cuau. Todos festejamos como propio ese remate de cabeza que cruzó a JJ Corona y que te dio tu título de Liga.

Fuiste arte; fuiste poesía. La inspiración de millones, que como yo, jugábamos a ser tú. Limitados y sin la magia, intentábamos hacer la Cuauteminha, y si lograba salir, producto de la divina providencia, ¡no te cuento la que se armaba! Ya demás está aclarar que cuando metíamos un golecito, corríamos al rincón, bajábamos la rodilla y extendíamos los brazos como lo hacía el ídolo de las canchas; de la TV; del mal decir; de la farándula; de los escándalos; de todo el mundo.

Encandilados por su magia, disfrutábamos a placer el juego que proponía, pero más que eso, era la rebeldía, la irreverencia y la picardía la que nos hacía sentirnos atraídos al estadio, a la tv, a la radio.

Eres tan mágico, Cuauhtémoc, que has sido el único jugador en la historia capaz de hacer que todos te odiaran cuando vestías  de amarillo, y te amaran cuando te ponías la verde. Porque todos quisimos ser parte de tu historia. Lo mismo fuera en una jugada radiante, como en un desplante de locura en el que golpeabas a un rival o reportero.

Es verdad que nuestra alma es azulcrema, pero nuestro corazón siempre fue Blanco. Por eso fuimos contigo cuando repartiste magia en Necaxa, el Puerto, La Laguna. Nos fuimos juntos a Valladolid y hasta  gritamos ¡qué Chula es Puebla! Porque el corazón así lo reclamaba.

Nos enseñaste a ser valientes. A viajar a Colombia con todo y amenazas de muerte y dejar el Campín en silencio. Nos enseñaste a volver del inframundo con la rodilla hecha pedazos, y volver a ser el número uno. Nos hiciste gritar con tu vuelo de Supermán contra Bélgica, o mandarle un beso a tu abuela cuando le dedicaste ese penalti en Corea, y hasta gritamos ‘la vie est belle’ cuando liquidaste a los franceses para siempre. 

El perrito orinando la meta; el vuelo al más puro estilo del Hombre Araña a la red; la camita recostada a La Volpe; y los bailes a todos tus rivales. Todo, absolutamente todo de ti lo imitamos una vez…

Hoy vuelvo a los pasillos de mi vieja primaria. Hoy los niños juegan a los Pokemones. Pero de vez en cuando, sale uno que no aguanta las ganas de que el reloj marque las 11 y ponerse la 10. Se muerde los labios pensando en esa gambeta, en ese gol, en ese festejo. Y me quedo tranquilo porque él también quiere ser Cuauhtémoc. Él también es amante de la magia blanca. Él también te amará -como yo- por SIEMPRE. Y jugará como yo lo hice, a sentirse por unos instantes el eterno ‘10’.

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